Donde la fe y la razón se besaron… (Parte I)

El que la fe o la religión hayan sido objeto de críticas por parte de la filosofía no es razón suficiente para echarla fuera de la ciudad santa. También la religión ha abusado de sus prerrogativas e insultado a la filosofía de un modo estúpido. Abelardo en su día estuvo al tanto del ataque de los filósofos, pero la conclusión que sacó no fue soltarles los perros del anatema, ni un más educado espérese usted a creer y entonces todo lo verá claro, sino acudir a su encuentro con las mismas armas de la razón y la lógica por ellos utilizadas.

El temor y el recelo cristianos originados por el modo de empleo de la razón en cuestiones de fe tiene su origen en la independencia y autonomía de la razón, que se les quisiera negar. La razón no está ligada a un credo. Se alista bajo todas las banderas y bajo ninguna.Sólo se atiene a lo verdadero. Lo mismo puede contribuir a favor que en contra de la fe. Esta ambivalencia es lo que perturba al hombre de fe indubitable. La fe acata, la razón discute; la fe confía, la razón duda. Pero la fe también duda, discute, argumenta, queda desolada… quisiera no hacerlo, sin embargo lo hace. Cree pero solicita ayuda contra su incredulidad.

La razón duda, pero cree, confía en la luz al final del túnel de reflexiones y silogismos. La filosofía es la creencia en la racionalidad última de lo que existe. La razón acepta lo suficiente, lo probable, y aunque llegue muy lejos su crítica, siempre encuentra una razón para creer, en la moral, en el sentimiento, en la libertad. Luego no solamente la razón, sino la fe también discurre y es relativamente autónoma. No presta asentimiento a cualquier credo. “No creáis a todo espíritu”, exhorta Juan a sus lectores (1ra Juan 4:1). La fe puede ser muy incrédula. “No os engañen vuestos profetas que están en medio de vosotros, ni vuestros adivinos, ni escucheis los sueños que sueñan” (Jeremias 29:8). Luego la fe y la razón son primas hermanas en cuanto actitudes del espíritu libre y liberado. Caminan juntas todo el tiempo. El espíritu sano no puede renunciar a la autonomía del pensamiento, o corre el riesgo de caer en la hipocresía.

La fe necesita el coraje de la razón, el coraje de conocer la verdad como un servicio a Dios. Desde el momento que el pensamiento bíblico enseña a concebir a Dios en términos morales, ya no es posible acercarse a él mediante el sacrificio de la razón. El culto verdadero es un culto racional, auténtico (Romanos 12:1). Por consiguiente, “La filosofía es ella misma, de hecho, culto divino” (Hegel). Lo propio del pensamiento cristiano es que el espíritu reciba un contenido, que entre en una relación verdadera con Dios, de modo que la fe no sea fe en la fe sentida, sino en aquél que fundamenta la fe y la hace posible.

Autor: Alfonso Ropero

Fuente: Capítulo I, Fe y Razón, Filosofía y Cristianismo, Pg.30

Editorial: CLIE

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